La están violando otra vez.

Muchas han sido las ocasiones, innumerables, en las que he buscado una posible explicación al horror, un origen para las pesadillas, esas pesadillas que no terminan porque habitan fuera de los sueños, porque son reales, porque las heridas que dejan traspasan las fronteras de este mundo para no cerrarse jamás. Muchas veces he buscado en mi cabeza, en mi corazón, una pequeña luz que alejase de mi mente la ira más visceral que ciertos seres y su asquerosa forma de vida generan en mí. Y en un acto de inocencia, o tal vez de búsqueda desesperada de esa luz, imaginaba que un monstruo tenía que tener semblante de eso mismo, de monstruo. Los habitantes del averno son reconocibles, no engañan, enseñan cuernos, colmillos, garras, expulsan fuego de sus entrañas. Claras señales de que nos alejamos de la humanidad y nos adentramos en el mismo infierno. Pero mi inocencia, ya rota, entiende por fin que el Diablo, con mayúsculas, es más listo que sus acólitos, lo suficiente como para infiltrarse, para mezclarse entre los comunes mortales, disfrazado de la más absoluta normalidad. El Diablo, el mal mismo, viste vaqueros y tiene un trabajo estable, es un hijo modelo y amigo fiel, es atractivo y tiene una sonrisa agradable. Pero es un monstruo y está en este mundo para sembrar el mal. No hay otra lectura. No lo hay y no la quiero, lo siento, pero hay pecados que no son ni eso, ya no son pecados, porque un pecado se perdona, porque se comente dentro de la humanidad. Pero cuando la humanidad desaparece por completo, estamos delante del mal mismo, y ese mal, sencillamente hay que erradicarlo de una sociedad en la que no tiene cabida. Lo siento, soy tajante. Siento que esos bichos mal nacidos tengan familia y amigos que, en estos momentos, desearían poder desaparecer (porque me niego a pensar que estén recibiendo el menor de los apoyos, de verdad que la sola idea de que encuentren ese apoyo me revuelve hasta la última de mis entrañas), pero es así.

Son monstruos y tienen que pagar. Y aquí es dónde la justicia se queda pequeña, pequeña, ridícula, en sentencias posibles y en el total cumplimiento de las mismas. Pero es que ya empieza pequeña, minúscula, cuando no es capaz de proteger a la víctima. Una muchacha, apenas una cría, violada y vejada, torturada física y psicológicamente por un grupo, una “manada” de engendros, esa muchacha no encuentra consuelo, no tiene refugio. Esa víctima se topa de bruces con su verdadero violador: la sociedad. Una sociedad que cuestiona hasta el último de sus pasos, la misma que nos avisa, desde pequeñas, a no ir solas a ninguna parte, a no llevar demasiado escote, a callar antes que discutir, a limpiar, a limpiar y estudiar, a callar otra vez, a limpiar y estudiar y trabajar y parir, y callar, a tomarse a broma el peor de los insultos, a trabajar el triple para conseguir la mitad, a soportar miradas obscenas, vaciles, a callar otra vez; costumbres que se heredan de madres a hijas perpetuando un modelo de sociedad que se gesta en el útero de cada una de nosotras, porque nos educaron así, porque de tan cotidiano que es se torna normal, sin apenas darnos cuenta. Nos acostumbramos al pequeño golpe diario y seguimos caminando, como podemos, hasta que la zancadilla es tan brutal que seguir es imposible. Esa sociedad que escucha reguetón, que coloca en prime time televisivo una serie que no dista ni un milímetro de los tiempos del “destape” en los que los chistes versaban sobre tetas, sobre sexo y tetas, sobre lo tontas que son las rubias, lo lista que es la fea y lo salido que está el vecino de turno; una sociedad que lanzó, a nivel mundial, al número uno de ventas una novela en la que su protagonista masculino maltrata a su “amada” entre lujos materiales. Estamos hablando de dejar a la mujer a la altura de un único paradigma: la sumisión y el sexo, así de tajante, así de simple.

Y todos tenemos que asumir nuestra parte de culpa. La culpa de una madre que le sigue cortando el filete al chaval aunque ya luzca barba, mientras al padre le importa tres narices, porque nunca le importó, porque ellos no sufren las consecuencias. La culpa de ese grupo de amigas que se levantan a recoger la mesa mientras ellos siguen con los chupitos, celebrando lo machos que son, y lo bien que se vive con servicio gratis. La culpa de un sistema educativo que trata la sexualidad como si hablara de la reproducción de los pollos, que se olvida de la ética, que conduce a situaciones como: “si no te acuestas conmigo te dejo”, y ella se acuesta con él, porque está enamorada, porque no sabe más; pero es que a él tampoco le han enseñado otra cosa. La culpa es de una publicidad que sigue colocando la fregona en la mano de la mujer y al hombre al volante. La culpa es de quién critica a esa mujer madura que mantiene una relación con un hombre joven, porque al revés, no importa. La culpa es de esas críticas que llaman Casanova a un hombre con amantes varias y puta a una mujer con idéntica conducta. Porque la historia se repite, porque a nosotras las mujeres cuando salimos por puerta de casa, nuestros padres nos piden que tengamos cuidado, por lo que pueda pasar. A vosotros, hombres, solo os piden que no lleguéis muy tarde, nadie os exige educación, respeto, nadie os recuerda vuestros deberes más básicos. A nosotras sí, durante toda la vida.

Y así están las cosas y aquí nos encontramos. La han violado, a esta chiquilla, la han violado, cinco desechos, cinco bestias, cinco. Por amor de Dios. Es increíble que tengamos que explicar esto. Es increíble que brutalidades de esta magnitud no tengan consecuencias graves, todo lo graves que pueden ser. Porque, volviendo a lo inflexible de mi postura ante ciertas conductas, estas cinco escorias no deberían volver a ver la luz de sol nunca más, y punto. O es que acaso podrán ser padres de familia algún día, y criar hijas felices, ¿en qué contexto?, ¿en ese que perpetúa este modelo de sociedad? No señoras y señores, no tengo ni una pizca de piedad para tan aberrante sucesión de actos, pero, sobre todo, no tengo piedad para un sistema judicial que consigue avergonzar a una víctima, ni para una sociedad que no se da cuenta de la gravedad de la situación. La están violando otra vez, la están dejando sola otra vez.

Eva Villamar

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Eva Villamar

2 comentarios en “La están violando otra vez.”

  1. Genial Eva. Toda la razón. Pero hoy día, y cada vez con más frecuencia, siento q nos estamos yendo a la mierda. Q solo importan las banalidades más absurdas y lo verdaderamente importante, los valores de verdad, ya nadie los tiene en cuenta. Cada día me gusta menos en qué nos estamos convirtiendo. Cada día entiendo menos cosas. Una pena. Gran artículo, como siempre. Un abrazo, querida.

    1. Lo primer gracias. Coincido completamente contigo en la pérdida de valores. En lugar de avanzar, retrocedemos a las épocas más oscuras. Mantengamos la esperanza llevando vidas que si contengan valores. Quiero pensar que la suma de unos pocos llegará a ser notoria.
      Un beso.

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